Qué opinan los expertos sobre la influencia del estrés en el paciente con atopia

Mi niño siempre está nervioso, ¿por qué?

La dermatitis atópica se diagnostica en los últimos años de una forma sencilla, para simplificar los farragosos, aunque útiles, criterios de Hanifin y Rajka enunciados en 19821

Consiste esta forma en evaluar si el paciente que se estudia tiene picor, y al menos tres de los siguientes hechos: comienzo antes de los 2 años, historia de afectación predominante de flexuras de miembros, piel seca, antecedentes personales de asma o antecedentes de dermatitis atópica en un familiar de primer grado.

No se ha incluido en estos criterios diagnósticos un estado emocional de inquietud, desazón y nerviosismo, que acompaña habitualmente al paciente con atopia. Pero es obvio que el único hecho de tener una piel pruriginosa es suficiente para producir estos efectos. El niño con dermatitis atópica, por el hecho de padecerla, sufre ansiedad y estrés. No son pocos los autores científicos que consideran que el estrés forma parte del diagnóstico de dermatitis atópica. Además, la consideración de que es una enfermedad crónica conlleva un importante impacto emocional añadido.

2. ¿Puede empeorar el estrés su dermatitis?

Existen evidencias científicas de que el estrés y la ansiedad pueden desencadenar y/o mantener un brote de dermatitis atópica. La importante relación entre el sistema nervioso, endocrino, inmunológico y cutáneo ha llevado a la construcción de un nuevo concepto: el sistema neuro-endocrino-inmunocutáneo, que encaja perfectamente en la génesis de esta enfermedad. Los neuropéptidos, hormonas e interleucinas comunican entre sí el cerebro, el sistema inmune y la piel. O dicho de otro modo, crean el camino de doble relación entre la mente y la piel.

Según este pensamiento, la dermatitis atópica, con el prurito que la caracteriza, desencadena estrés y deterioro de la calidad de vida del paciente, y, de forma bidireccional, ese estrés empeora o desencadena brotes de lesiones en la piel.

Un estudio realizado por Beattie y sus colaboradores en 2006 analizó la repercusión de diversas enfermedades crónicas en la calidad de vida de más de 400 niños2. Los resultados mostraron que la dermatitis atópica empeoraba la calidad de vida de los pacientes de forma más intensa que otras enfermedades infantiles.

Esta intensa repercusión emocional no es desproporcionada. Si pensamos que durante la primera infancia y los años escolares las principales tareas del desarrollo humano son familiarizarse con el cuerpo y dominar el medio ambiente, la presencia de una alteración física –el eccema– y psíquica –el prurito– interfieren con la consecución de estos objetivos.
La autoestima sufre un efecto negativo, disminuye la felicidad y aparece el estrés.

Esta situación pervive e incluso se agrava en la adolescencia, periodo crítico de maduración corporal y psicológica. Es un periodo difícil, de cambios físicos, crisis de identidad e inestabilidad emocional. El aspecto físico y el ajuste de la imagen corporal cambiante resultan fundamentales para sentirse seguro. Una dermatosis desfigurante o incapacitante, como la dermatitis atópica, lleva a problemas emocionales significativos que empeoran la enfermedad.

A estos problemas se suman los sentimientos de culpa derivados del empeoramiento de las lesiones por el rascado. La sensación de falta de control sobre la enfermedad y la incertidumbre de cuando aparecerá un nuevo brote llevan a ansiedad.

Por otra parte, cualquier acontecimiento vital estresante en cualquier niño –nacimiento de un hermano, cambio de casa o colegio– influye de manera negativa, favoreciendo un empeoramiento o aparición de un nuevo brote.

3. ¿Qué puedo hacer para disminuir el estrés de mi hijo con dermatitis?

La primera norma es tratar médicamente la dermatitis atópica, siguiendo el consejo facultativo. Los fármacos tópicos o sistémicos, según necesidad, disminuyen la clínica y las molestias subjetivas del paciente.

La segunda norma, igualmente trascendente, consiste en cuidar de forma rigurosa la higiene y la hidratación de la piel, porque una piel cuidada enferma menos frecuentemente, tiene menos brotes y estos son menos duraderos.

La tercera norma se coloca en el plano psicológico, siguiendo una educación antiestrés individual y familiar.

Hay que considerar que hay que favorecer los tiempos de ocio, integrando a los niños en lo posible en actividades colectivas, buscar condiciones favorables a un sueño de calidad, reafirmar su autoestima señalando antes las cualidades que no tienen que ver con la apariencia física, comprender pero poner límites a las conductas agresivas, reforzar la distracción que le aleje del rascado compulsivo y practicar un entrenamiento en la relajación.

Si la repercusión del estrés es muy intensa, se puede recurrir a apoyo psicológico especializado, con el objetivo de implantar técnicas de modificación de conducta para la promoción de determinados comportamientos deseables, técnicas cognitivas para la modificación de diversos pensamientos o esquemas de pensamiento erróneos, técnicas del control de la activación y pautas psicoeducativas de información sobre la enfermedad, relacionando la influencia de los mediadores psicológicos con los factores físicos.

Bibliografía:
1. Hanifin JM, Rajka G. Diagnostic features of atopic eczema. Acta Derm Venereol Suppl 1980;92:44-7.
2. Beattie PE, Lewis-Jones MS. A comparative study of impairment of Quality of life (QOL) in children with skin disease and children with other chronic childhood diseases. Br J Dermatol.
2006;155:145-55.

Información elaborada por:
Dra. Aurora Guerra
Jefa de Sección de Dermatología del Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid.
Profesora Titular de Dermatología Médico-quirúrgica y Venereología. Universidad Complutense de Madrid.
Dra. Elena González Guerra
Médico Adjunto de Dermatología del Hospital Clínico San Carlos. Madrid.
Profesora Asociada de Dermatología Médico-quirúrgica y Venereología. Universidad Complutense de Madrid.

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